Travesía

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Una suave brisa de mar engalana la bienvenida. Mira el paisaje un minuto y el horizonte le devuelve la estela de su llegada.

Suena una campana, que la encoge feliz y amanece la primera sonrisa.

Una inundación de besos con sabor a vacaciones entra en la dársena curiosa.

En el abrazo, pronto el dulce tacto recoge el primer regalo bajo el pareo elegante y vuelve a rozar haciendo un nudo con un «hola» y un «por fin».

Ella lo invita a brindar con vino respirado en cubierta y una risa nerviosa se escapa de sus ojos verde salino.

Mientras se aparejan las viandas, las palabras revolotean sobre el mantel, las velas y las miradas como gaviotas impacientes esperando su limosna.

En el momento más inesperado, el barco se adentra en el mar y se muestra indiscreto, pero luego se aparta respetuoso para virar más tarde con la marea.

No hay horas en esta noche suave, de jarcia exquisita y estrellas curiosas…

Al socaire de naves ajenas, el aroma del café despierta de nuevo el ábrego, guiando la desbandada de caricias, desnudando el balanceo de los cuerpos y soltando el ancla para tomar un nuevo sorbo de travesía serena.

La piel resplandece en este tira y afloja con la calma del océano que sólo rompe un nombre repetido tres veces como brújula poeta bañada en cava.

Suena de nuevo la música para hacer entender que el paraíso se puede depositar en las manos.

El marinero experimentado ata su maroma a la silueta femenina sintiendo el viento a favor.

Ella despliega despacio toda su ternura, permitiéndose volar para unirse a ese baile improvisado.

Es hora de desafiar al monte lluvioso de lágrimas imperfectas, pero dulces, para seguir bebiendo de la tenue luz de un faro coqueto.

La danza del mar acalla la música de las olas, avariciosa por encontrar el tesoro escondido en la profundidad, entrelazando los pies con la crujía, los dedos con los rizos de pleamar, la boca con el bauprés, los pechos con la proa impetuosa… hasta alcanzar la velocidad de crucero que les llevará al deseado destino.

La cordura se despide con su pañuelo blanco y estallan dos copas en mil pedazos como preámbulo de la batalla feliz entre ese mar bravo y el capitán empedernido.

Las olas se levantan majestuosas y retan al timón a abandonar su amarre y navegar a la deriva. La disputa ahoga el calado en la perfección y se oye el canto de las sirenas.

(…)

La tempestad se calma, poco a poco, se entrega la nave al puerto bajo la risa de los pasajeros y una bocanada de aire nuevo.

El descanso en la playa promete sueños y abrazos hasta que los ojos cierran el cuaderno de bitácora completo.

Antes, ella mira de nuevo el paisaje y el horizonte le devuelve una dorada sonrisa.

 

Acerca de filigranasafiladas

Sólo estoy aquí para sentir y escribir lo que siento
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