Querido amigo mío…

Se levantó esa mañana con una sensación invasiva. Tenía unas enormes ganas de dar las gracias, pero no sabía por qué exactamente.
Con esa rara angustia depositada en su bajo vientre, recorrió la casa intentando colocar los sentimientos junto a la ropa recién planchada.
Salió a comprar pan y algunos yogures, y en cada etiqueta leía los ingredientes y la preparación de aquella relación tan extraña.
Cuando fue a pagar, se dio cuenta de la riqueza que tenía en sus manos. Monedas y monedas rodaron por los pasillos y sólo se le ocurrió reírse mientras los demás clientes de la cola la miraban estupefactos.
La calle le devolvió aquel nudo conocido que le empapaba los ojos de lágrimas fáciles, ahora felices.
Se puso los guantes, hacía frío, y el tacto de la lana sobre sus dedos helados le pareció más real que nunca. Al momento la confortó y sintió su calidez en todo el cuerpo.
Cuando llegó a casa se despojó de su abrigo y la bufanda tirándolos al aire mientras cantaba.
Los guantes se los dejó puestos porque sabía que sin ellos no podría escribir el hermoso poema que rondaba en su cabeza.
Cogió su pluma de ave recién nacida y sobre el blanco impoluto de la mesa del salón comenzó su carta: «Querido amigo mío…»

Acerca de filigranasafiladas

Sólo estoy aquí para sentir y escribir lo que siento
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