El abrazo

abrazo

Pensaba que en cualquier momento vomitaría. Le horrorizaba la idea de que ocurriera en el peor de todos.

Durante la mañana su respiración había sido irregular, intercalando hondos suspiros con jadeos cortos que le impedían cerrar la boca.

Había escogido con cuidado el color de cada prenda y había organizado las horas del día para tener tiempo de todo e “ir tranquila”.

Sintió cómo sus manos se aferraban al volante en un intento inútil de sujetar el estómago en su sitio. Vaya día le estaba dando.

Atenta al navegador, veía cómo disminuían los kilómetros restantes y otro de esos suspiros profundos se escapó cuando entraba en la ciudad.

Casi en voz alta se repitió a sí misma las consignas de cada momento: “Busca aparcamiento”, “camina despacio”, “cuidado al empujar la puerta”…

Allí estaba el bar. Allí estaba él. Y todo lo demás desapareció, se paralizó, se quedó callado… hasta que un camarero le tocó el hombro empeñado en pasar por el pequeño resquicio que había dejado entre la puerta y ella. “Perdón, señora”. “¡Uy, perdone!”.

Volvió a mirar. Estaba en pie. Sonreía. Pero entonces, una ola de preocupación le recorrió todo el cuerpo: ¿cómo llegaría hasta él? La distancia era de repente demasiado larga, demasiado complicada, demasiado intensa.

Pero miró otra vez y lo reconoció, ahora sí: era aquel que la hacía sonreír cada mañana con su saludo, aquel que la saludaba con sus juegos, el que jugaba con su ternura, el que la enternecía con su complicidad.

Se sintió más tranquila y, sin que diera la orden, sus piernas se pusieron en marcha.

El espacio entre las mesas se llenó en un instante de poemas y canciones, los manteles mostraron todas las confesiones veladas, los platos se cargaron de admiración, el vino de risas solitarias y compartidas, el silencio conversaba con los dulces recuerdos… Todo se volvió belleza.

Sin desviar la mirada de sus ojos, se concentró en el movimiento de sus propios brazos. Debía saborear cada milésima de segundo de aquel baile ensayado meses atrás en el que sus cuerpos se adaptaban confortablemente. Lo sintió, lo apretó y, hundiendo la cara en su pecho, exclamó: “¡Por fin, amigo mío!”.

Acerca de filigranasafiladas

Sólo estoy aquí para sentir y escribir lo que siento
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